El desorden mundial: por qué nunca fue tan necesario estudiar Relaciones Internacionales
Por Alfredo A. Rodríguez Gómez
El sistema internacional atraviesa una fase de transformación profunda, marcada por la fragmentación del poder, la crisis del multilateralismo y la aparición de amenazas híbridas y transnacionales. En este contexto de incertidumbre global, comprender cómo se articulan las relaciones entre Estados, organizaciones internacionales y actores no estatales se ha convertido en una competencia clave. Las Relaciones Internacionales ya no son solo un campo de estudio académico, sino una herramienta imprescindible para interpretar —y anticipar— las dinámicas del mundo contemporáneo.
Vivimos una época paradójica. Mientras la tecnología nos conecta de forma instantánea con cualquier rincón del planeta, el orden internacional que durante décadas ofreció una relativa estabilidad se fragmenta ante nuestros ojos. La pandemia de la COVID-19, la guerra en Ucrania, los conflictos persistentes en Oriente Medio, la rivalidad sinoestadounidense, la intervención en Venezuela por EE. UU., el cambio climático o la crisis migratoria no son fenómenos aislados, sino expresiones de una transformación estructural del sistema internacional.
Comprender este desorden mundial ha dejado de ser un ejercicio puramente académico para convertirse en una necesidad práctica para quienes aspiran a desarrollar su carrera profesional en ámbitos como la diplomacia, las organizaciones internacionales, la seguridad, la cooperación al desarrollo o el análisis geopolítico.
La multipolaridad como nueva realidad
El orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial, articulado en torno a instituciones como la Organización de las Naciones Unidas, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, y reforzado tras la caída del Muro de Berlín por la hegemonía estadounidense, atraviesa hoy su crisis más profunda. El mundo unipolar de los años noventa ha dado paso a una multipolaridad difusa, caracterizada por la competencia entre potencias tradicionales y emergentes por influencia, recursos y modelos de gobernanza.
China desafía el liderazgo económico occidental mediante iniciativas como la Franja y la Ruta; Rusia cuestiona los pilares de la seguridad europea; y potencias regionales como India, Turquía, Brasil o Indonesia reclaman un mayor protagonismo en la gobernanza global. A ello se suma el creciente peso de actores no estatales —desde grandes corporaciones tecnológicas hasta grupos terroristas transnacionales— cuya capacidad de influencia rivaliza en algunos ámbitos con la de los propios Estados.
Esta multipolaridad no se limita al reparto del poder militar o económico. Asistimos también a una competencia entre modelos políticos, económicos y sociales: democracia liberal frente a autoritarismo tecnológico; multilateralismo frente a soberanismo; globalización frente a dinámicas de desglobalización. El consenso normativo que sostuvo el orden de posguerra se ha erosionado de forma visible.
Crisis institucional y vacío normativo
Las instituciones internacionales creadas en 1945 reflejan una correlación de fuerzas que ya no se corresponde con la realidad actual. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, con su estructura y su derecho de veto, muestra crecientes dificultades para responder eficazmente a las crisis contemporáneas. El sistema de Bretton Woods afronta problemas de legitimidad en un contexto en el que las economías emergentes concentran una parte cada vez mayor del PIB mundial. La Organización Mundial del Comercio permanece bloqueada por disputas comerciales que esconden rivalidades geopolíticas de mayor calado.
Este debilitamiento institucional genera vacíos normativos preocupantes. ¿Quién regula el ciberespacio cuando los Estados no logran consensuar reglas básicas? ¿Cómo afrontar el cambio climático sin mecanismos verdaderamente vinculantes? ¿Qué respuesta dar a futuras pandemias cuando el nacionalismo de vacunas se impone a la cooperación internacional?
Las fórmulas de minilateralismo, las coaliciones ad hoc o los acuerdos entre países afines intentan compensar estas carencias, pero al mismo tiempo contribuyen a una mayor fragmentación del sistema internacional.
Nuevas amenazas, nuevos actores
El desorden mundial se manifiesta también en la transformación de las amenazas a la seguridad internacional. El terrorismo yihadista, central en la agenda tras el 11-S, convive hoy con ciberataques estatales, campañas de desinformación, crimen organizado transnacional y la progresiva militarización de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial o los sistemas autónomos de armas.
La distinción clásica entre guerra y paz se diluye en la denominada zona gris: estrategias híbridas que combinan presión militar, coerción económica, influencia informativa y subversión política sin llegar al conflicto abierto. Rusia lo mostró en Crimea; China lo aplica en el Mar de China Meridional; y actores no estatales lo explotan en el ámbito digital.
Paradójicamente, desafíos globales como el cambio climático, las migraciones masivas o las pandemias requieren respuestas colectivas precisamente en un momento en el que la cooperación internacional atraviesa una de sus etapas más frágiles.
La dimensión tecnológica del desorden
La revolución digital añade una complejidad inédita a las relaciones internacionales. La inteligencia artificial, el big data, la computación cuántica o las tecnologías de vigilancia transforman no solo las economías, sino también las relaciones de poder entre Estados y entre Estados y ciudadanos. La competencia tecnológica entre Estados Unidos y China estructura ya buena parte de la geopolítica del siglo XXI, del mismo modo que la rivalidad nuclear marcó la Guerra Fría.
Las plataformas digitales concentran un poder comparable al de algunos Estados, influyendo en la circulación de información, en la formación de la opinión pública y en la propia calidad de las democracias. La frontera entre lo nacional y lo internacional, lo público y lo privado, lo real y lo virtual se vuelve cada vez más difusa.
Por qué estudiar Relaciones Internacionales hoy
En este contexto de incertidumbre estructural, comprender el funcionamiento del sistema internacional ya no es un lujo intelectual, sino una competencia profesional clave. Las empresas con proyección global necesitan expertos capaces de identificar riesgos geopolíticos. Los gobiernos demandan diplomáticos y analistas preparados para gestionar un entorno multipolar. Organizaciones internacionales, ONG y medios de comunicación requieren especialistas en conflictos, desarrollo, derechos humanos o seguridad internacional.
La formación en Relaciones Internacionales proporciona las herramientas conceptuales, metodológicas y analíticas necesarias para abordar estos desafíos con rigor. Desde las teorías clásicas hasta los enfoques más recientes, desde el análisis de política exterior hasta los estudios de seguridad o la economía política global, esta disciplina ofrece una mirada integral imprescindible para interpretar el mundo contemporáneo.
En este sentido, el Bachelor en Relaciones Internacionales de la Universidad UNIPRO ofrece una formación sólida en los fundamentos teóricos y prácticos de la disciplina, combinando el estudio de los grandes debates internacionales con el análisis de casos reales.
Conclusión: comprender el desorden para construir criterio
El desorden mundial no implica un caos irreversible, sino una transición hacia un sistema internacional cuyas reglas aún se están redefiniendo. Comprender esta transformación exige análisis riguroso, pensamiento crítico y capacidad para conectar fenómenos aparentemente inconexos.
Estudiar Relaciones Internacionales hoy significa adquirir criterio en un mundo marcado por la incertidumbre. Y ese criterio —más que nunca— se ha convertido en un valor académico, profesional y cívico de primer orden.